El mayor depredador


Un buen día, antes incluso de que hubiera días, 
Dios, embarazado de su propia plenitud, 
tuvo a su Hijo Unigénito, y le llamó Universo.

Menudo parto tuvo que ser, el Big Bang ese. Sin anestesia, oigan. Y menudo bebé que salió. Una esfera cuántica y regordeta, a millones de grados kelvin y en perpetuo estallido de energía, llena a reventar de quarks.

Yo no puedo saber si los quarks se encontraban bien o mal en esa sopa cuántica que dicen que fue el principio del universo. Pero de haber tenido sus emocioncitas, a lo mejor no les hizo mucha gracia perder su libertad, su totalidad, para pasar a ser meros constituyentes parciales de protones y neutrones.

Los protones fueron pues los primeros depredadores, pues se comieron, por así decirlo, a los desgraciados quarks para incorporarlos en su sistema. Pero poco les duró la gloria, pues rápidamente los protones perdieron su condición totalitaria para convertirse en simples partes del núcleo del átomo.

¡Ah, los átomos! Unos depredadores terribles (para los protones, claro) en aquellos turbulentos años. Maldita emergencia de nuevos niveles de organización. Pues hasta los átomos tuvieron que dejar de danzar solos para conformar, por siempre jamás, moléculas. Ya ves tú, ¡moléculas!. Nuevas cárceles para los átomos, pero otra entidad y otro escalón para el Universo. Y a partir de aquí la cosa se aceleró que no veas.

La materia burda se comió a las moléculas, y se creyó muy lista hasta que llegó la vida. Vaya que una, la vida. Se zampó a la materia y le impuso un baile nuevo, al son de unas leyes nuevas, las leyes vitales. ¡Cómo debieron sufrir las rechonchas moléculas! Tan tranquilas que estaban formando parte de un pedrusco, y hala, de repente se vieron lanzadas por una ruta bioquímica en dirección mitocondria, con la finalidad de metabolizar no sé qué proteínas.

Y la vida se enseñoreó de este mundo (y a saber de cuántos mundos más), utilizando a su antojo a quarks, protones, átomos y moléculas. La vida fue la primera gran dictadura de la Cadena del Ser. Para poder funcionar tuvo que someter a millones de súbditos a sus nuevas demandas. Y, cosa única, los protones no salieron a la calle a manifestarse.

La vida fue presentando sucesivamente sus propios subniveles. Las primitivas algas fueron comidas por diminutos invertebrados, estos fueron pitanza de bichejos muy feos, que crearon lentamente una terrible cadena alimenticia, en la que cada forma vital simplemente es depredada por algún subnivel más evolucionado (o sátrapa)

No puedo evitarlo, tengo que mencionar que la naturaleza, la vida, es algo horrible. De lejos tiene su gracia, por el olor a campo, el sonido de los pajarillos y esas cosas, pero observada de cerca es una salvajada cruel. Los depredadores se comen a sus presas vivas, mientras éstas se retuercen de dolor. Que para que un animal sobreviva necesite inmolar a otro e introducir su cadáver en su estómago es algo que cuesta digerir, ¿verdad?.

Pero no acaba aquí nuestra historia. La vida y sus instintos, ese paraíso en el que matar no es pecado sino preludio de degustación, se convierte en la presa de un nuevo y extraordinario depredador, la conciencia. Esa bestia emerge en el seno de una especie de primate, y usará a la vida y a la materia según sus propias y nuevas leyes.

Ahora ya no se puede ir desnudo ni comer manzanas, como dictaban las leyes vitales. Hay que desviarse de la vida para satisfacer las nuevas demandas mentales. Vestir el cuerpo, pasar los alimentos por el fuego, y mil barbaridades más que hieren profundamente lo biológico. Ha emergido un nuevo jefe, una nueva totalidad. Un nuevo dictador. La mente humana.

La conciencia humana es el mayor de los depredadores, y de lejos el más despiadado. Se alimenta de la angustia de millones de seres humanos. Voy a recitar de nuevo la frase de antes: "Los depredadores se comen a sus presas vivas, mientras éstas se retuercen de dolor" ¿Os suena de algo? ¿Quizás a vuestra historia personal? Don Juan Matus relataba cómo los brujos más sabios habían comprendido que la conciencia era algo así como una inmensa ave rapaz que lo consume todo. Experiencias y más experiencias, dolores y más dolores, nada parece saciarla.

La conciencia es un fuego que devora todo aquello que ha nacido. Y cuando lo ha devorado todo, cae en la cuenta de que lo único no nacido es ella misma. Sólo queda ese fuego terrible, sin nada más que quemar. En la India dicen que entonces el fuego se consume a sí mismo, un simulacro de apaga y vámonos. Pero es sólo un simulacro, pues esa tremenda energía vuelve a estallar en otro Big Bang. Y vuelta a empezar.

5 comentarios:

  1. Pues qué bien, oye.
    Perdona, no es que no esté más o menos de acuerdo, es que estoy pelin contestataria con el Todo, por estos días.
    Besos.

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  2. Es que tiene narices la cosa...

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  3. El que no le guste ya sabe donde esta la puerta...ah no!espera!que todas las puertas te llevan de nuevo a donde estabas!

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  4. Presa y predador conviven bien juntitos. El depredador ya se ha dado alguna panzada, intentaré mantenerlo bien delgado.

    Saludos.

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